miércoles, 7 de febrero de 2007

SOBRE EL "FIN DE LA HISTORIA"

EL FIN DEL “FIN DE LA HISTORIA” (*)

por Víctor GARCIA COSTA

Casi al mismo tiempo que Francis Fukuyama hacía pública su tesis del "fin de la Historia", reaparecieron entre nosotros las viejas teorías que anunciaban, otra vez, que había llegado "el fin de las ideologías". Desde Córdoba, en setiembre de 1991, el VI Congreso Nacional de Filosofía y Coloquios Internacionales, recogiendo sin duda la extremaunción impartida por el cientista político del Departamento de Estado, se convocó a la elaboración de nuevas "utopías para marchar en la era poshistórica". Por otra parte, desde las cenizas de los hasta hace poco llamados "países socialistas", uno de los máximos dirigentes del proceso de la re­construcción capitalista, el "democrático" ruso Boris Yeltsin, hacía saber que "había fracasado una maravillosa utopía".
En tanto la socialdemocracia europea dejaba de hablar del "nuevo orden económico internacional", que supuestamente iba a traer una mayor justicia distributiva entre las naciones y los pueblos, desde las llamadas "democracias capitalistas", se infor­maba que la libertad de los mercados había sido elevada, con ca­racter universal, a la jerarquía de divinidad porque había lle­gado, lo decimos con palabras de Fukuyama: "el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal de Occidente como la forma última del gobier­no humano".
De ahí, la teoría de la "finalización de la Historia". De ahí, también, que "el punto final de la evolución ideológica" y el "fin de las ideologías" resultaran tañidos de una misma cam­pana.
La teoría prendió rapidamente entre nosotros. Importan­tes dirigentes obreros "combativos", algunos de ellos asistentes a la Reunión de La Habana sobre la Deuda Externa, en 1985, -a la que concurrí invitado-, que hicieron allí discursos incendiarios y que se convertieron aquí en voceros de las Conclusiones de no pago de la deuda y de la defensa de la empresa pública convocando en la sede de una importante Federación de Trabajadores de la Capital Federal a múltiples reuniones, no sólo abandonaron la prédica en veloz versatilidad sino que aceptaron en sus propias Empresas un lugar en los Directorios, liquidadores de las mismas y despedidores de miles de trabajadores. No hubo tribuna donde el presidente Menem no hablara del "fin de las ideologías" y del "fin de los ideologismos", hasta mi carta del 3 de marzo de 1991 llamándolo a la reflexión por lo que consideré una afirmación an­tihistórica impropia de un universitario.
Ninguna de todas esas afirmaciones ha tenido en cuenta al sujeto y objeto de la Historia: el Hombre. Tampoco han mani­festado mayor preocupación por su destino. De ahí en más el hombre carecería de significación, reemplazado como fin por la libertad de los mercados y desplazado como principio y medio por las más diversas formas tecnológicas de la informática y la robó­tica, convertidas en productos que pueden trabajar cada vez que se los enciende, que no tienen alma, que no tienen sexo, que no tienen horarios ni vacaciones, que no son jamás acreedores por accidentes de trabajo, que no reclaman aumentos de salarios ni mayor justicia distributiva y que hasta pueden ser reproducidos y perfeccionados a voluntad, lo que conlleva una absoluta despreo­cupación por la desocupación y la incapacitación laboral cre­cientes que el proceso científico técnico genera día a día.
Todo el mundo parece contemplar resignado este anuncio de final apocalíptico que se traduce en la paladina aceptación del dramático fin de los valores. Como consecuencia de la hipoté­tica comprobación final de la teoría, de aquí en más parecen ser lo mismo la justicia que la injusticia, la verdad que la mentira, la independencia que la dependencia, la saciedad que el hambre, la riqueza que la pobreza, la salud que la enfermedad, la honra­dez que la corrupción, todo ello como resultado de haberse puesto término a las contradicciones que hasta hoy han constituido la dinámica de la Historia, habida cuenta que, de acuerdo con el anuncio de Fukuyama, será lo ideal-liberal-occidental-triunfan­te "lo que gobierne el mundo material en el futuro". Nadie podrá negar, a la luz de los sucesos que signan nuestra existencia co­mo sociedad, que esa cínica sustitución de valores ha sentado sus reales en la vida argentina.
Es cierto que el autor de la teoría refiere todo su es­quema al "primer mundo", cuyas puertas golpean ingenuamente nues­tros actuales gobernantes, que piden un lugar en él ofreciendo "relaciones carnales" y que, más ingenuamente aún, pretenden que ese lugar sea de igualdad, desconociendo elementales leyes del proceso histórico, así como que la teoría hace agua en el llamado "tercer mundo" del que, inmersos en la "idea", los mismos gober­nantes creen que se puede huir mediante una simple declaración así como que los pueblos terminarán por aceptar este nuevo viejo Maná que se les ofrece, como las cuentas y abalorios que ofrecían los conquistadores, haciéndolos retroceder siglos en la que ha sido una dolorosa pero incesante marcha para alcanzar el ideal de libertad, justicia e igualdad que, como aspiración permanente, ha enaltecido la vida del hombre.
La teoría, original y absurda, ha prendido por su es­pectacularidad. Sin embargo, esta deificación de la "idea" que determina y gobierna al mundo, no es nueva. La plantearon enci­clopedistas, como Voltaire, materialistas de la naturaleza como Holbach, entre otros, y el crítico francés Juan Bautista Antonio Suard la esbozó como la preminencia de la "opinión". Ahora, la vocinglería en la afirmación nos obliga, en primer lugar, a repe­tir la pregunta que se formuló a la tesis de Suard, esto es: si esta "idea" que gobierna o gobernará al mundo es un mero producto del azar o, por el contrario, está a su vez gobernada y, en tal caso, por quién o por quiénes.
Es aquí donde los que con autogenerosidad nos conside­ramos historiadores tenemos la obligación de intervenir para con­tinuar la interpretación, precisamente en el punto en que Fukuya­ma y sus epígonos intencionadamente la han abandonado.
Quizá no sea ocioso decir, comenzando la tarea que pro­ponemos, que ese liberalismo "idea", triunfante y universal, y que, según Fukuyama, "todavía se halla incompleto en el mundo real o material", una vez completado y convertido en liberalismo "material" o económico, también triunfante y universal, se con­vertirá -ya lo estamos viendo-, dialécticamente, en el enemigo de la libertad.
Allí es donde se produce el mayor error en la teoría, aunque su autor ponga especial cuidado en separar lo "ideal" de lo "material". Al final, el debate vuelve al punto de partida de la confrontación histórico-filosófica. Para su autor la "idea" es el demiurgo que impone su punto final a la sociedad. Pero es sólo un telón tras el cual los personajes, para sobrevivir en el Tea­tro de la Vida, continúan y continuarán la representación de sus papeles. Lo que Fukuyama hace es pretender recrear la dialéctica quitándole su movimiento infinito y tratando de volver a poner de cabeza lo que el materialismo puso sobre los pies, sin comprender que no basta con declarar que el hambre, la pobreza, el analfa­betismo y la desesperanza son irrelevantes para borralos sobre la Tierra y mucho menos para evitar la contradicción fundamental que sigue y seguirá vigente en la sociedad en que vivimos.
(*) Este trabajo fue escrito a fines de 1991 y fue publicado por el diario La Prensa. Como consideramos que lo que en él se expresa tiene plena vigencia, lo reproducimos